Antes de que fuera hecho este mundo, por la palabra, el Señor Jesús había hecho los seres celestiales, como los ángeles, los querubines y serafines. El humano, en cambio, fue hecho de la tierra, y ese es su significado: frágil y efímero, teniendo necesidad de dormir, comer y beber. Mientras que los ángeles no tienen estas necesidades mundanas, pues son espíritus.
Quizás la única necesidad de algunos de ellos fue tener poder y causar intriga, y por eso se rebelaron. Antes de los tiempos, Satanás fue echado del cielo junto con la tercera parte de los ángeles que le siguieron (Apo. 12:9). Y este mismo conflicto se introdujo a este mundo. Pero esto no quiere decir que Dios se equivocó, ni que esta creación estuviera fuera de sus planes.
Sino que Dios hizo al hombre para demostrar, aun delante de los seres celestiales, que a pesar de nuestra condición es posible servir a Dios. Como dijo el apóstol: “¿No sabéis que vosotros juzgaréis a los ángeles?” (1 Cor. 6:3)
Quizás por eso, ellos están muy atentos y se maravillan de las obras que Dios hace en los seres mortales. Y el apóstol Pedro dice que aun los ángeles desean mirar en las cosas que ahora son anunciadas a los hombres por el evangelio. (1 P. 1:12)
Esto no es un misterio. Es una demostración de la misericordia y del santo juicio divino. El hombre, siendo polvo y necesitando de tantas cosas para vivir, puede conocer a Dios, obedecerle y permanecer por medio de Cristo. Y aquello que parece una debilidad de nuestra condición humana se convierte, por la gracia de Dios, en un testimonio ante todo el orden celestial.