El Sello del Espíritu Santo

Cuando el apóstol Pablo escribe a la Iglesia en Éfeso, les dice que ellos, desde que creyeron, fueron sellados por el Espíritu Santo de la promesa. (Efesios 1:13) ¿Cómo fue esto? Nos podemos trasladar años antes, cuando Pablo visitó Éfeso y se encontró con unos discípulos, los cuales habían sido solamente bautizados en el bautismo de Juan.

Hablando con ellos, que eran como unos doce, les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo después que creyeron. Entonces ellos le dijeron que ni siquiera habían oído si había Espíritu Santo. Después, el apóstol, compartiéndoles la gracia de Dios, les habló de Jesucristo; fueron bautizados en el nombre de Jesucristo y, después, al imponerles las manos, fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas. (Hechos 19:1-6).

Por tal razón, también les dice: un Señor, una fe y un bautismo. (Efesios 4:5) Ellos recibieron el Espíritu Santo de esa manera, y ese es el sello, porque desde Pentecostés, en Samaria y en la casa de Cornelio, así se había manifestado. Pablo los pone como ejemplo de aquellos primeros varones que creyeron en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados y para recibir herencia con Dios en los cielos.

San Mateo y el nombre divino

El apóstol, a través de su testimonio, empieza a encaminarnos hacia la función y el poder del nombre. El ángel le dijo a José que el nombre del niño sería Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Y cuando nació, le llamó su nombre Jesús, que quiere decir Salvador, y también era Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros (Mateo 1:21, 23).

Después, en la oración que expresa el Señor Jesús, dice: “Santificado sea tu nombre”. Y luego nos habla del destino de aquellos que usen el nombre de Jesús en vano: “¿No profetizamos en tu nombre? ¿Y en tu nombre echamos fuera demonios?”. Porque este nombre es el que tiene poder para echar fuera demonios y sanar a los enfermos.

Más maravilloso es saber que en ese nombre esperarán los Gentiles (Mateo 12:21). El apóstol hace referencia a las palabras de Isaías el profeta, y si usted va a aquel libro, se encontrará que dice ‘Ley’. Sin embargo, Mateo, al citar este pasaje, dice ‘nombre’. Entonces, el nombre es un decreto y es inamovible: se someten todas las cosas. Por eso se le conoce como el Legislador…

También promete que si dos o tres están congregados en su nombre, Jesús está en medio de ellos. Oh Emmanuel, reunidos en su nombre. Y quienes dejen todas las cosas por su nombre recibirían mucho más. Y sabemos que fueron perseguidos y aborrecidos los primeros cristianos, por causa de su nombre.

La persecución por invocar el nombre de Jesucristo fue muy evidente en los primeros años de la iglesia; no podemos negar estos hechos. Es necesario poner bien atención y mirar que el apóstol fue deliberado en dejar muy en claro la importancia del nombre divino. No lo presenta de manera aislada, sino que, a través de su testimonio, va mostrando progresivamente su significado, su poder y su autoridad.

Por eso, al llegar a esta resolución, usted puede entender quién es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Al plasmar estas palabras del Señor, y siendo San Mateo el único en escribirlas de esta manera, se nos revela cuál es ese nombre y quién es Jesucristo.

En este nombre debe ser bautizado, el nombre glorioso de Jesucristo. Si aceptas serás salvado y Él promete estar contigo todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28:20). Oh Emmanuel.

Los diezmos son según la ley

El diezmo fue instituido en la Ley de Moisés. Aquellos que habían recibido la tierra por heredad eran quienes diezmaban, pues de lo que la tierra producía se entregaba el diezmo a los levitas, encargados del sacerdocio, ya que ellos no recibieron heredad entre las tribus: su heredad era Jehová.

Malaquías echa en cara al pueblo no diezmar, y les dice: “Malditos sois con maldición”. ¿Por qué? Porque estaban bajo la Ley. San Pablo dice que quienes dependen de las obras de la Ley están bajo maldición, pues el que no permanece en todas las cosas escritas en ella es maldito. (Gál. 3:10)

Por eso también en la Epístola a los Hebreos dice que los diezmos eran tomados “según la ley”. Y si el sacerdocio cambió, también hubo mudanza de la ley. Los gentiles no estamos bajo el sacerdocio levítico. (Heb. 7:5, 12)

¿Y Abraham? Sí, Abraham diezmó. Pero Abraham también levantó altares, ofreció sacrificios y fue circuncidado antes de la Ley. Como nos dice el apóstol en la epístola a los Romanos, Abraham hizo obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. (Ro. 4:2-3)

En Abraham hay una gran lección: tanto para el que está en la Ley como para aquel que es libre en Cristo. Padre de la circuncisión, pero también Padre de la fe, evangelizado primeramente para que en su simiente fueran benditas todas las familias de la tierra, y esa simiente es Jesucristo.

El lavamiento de pies: en la casa de mi Padre

En la antigüedad, en el Medio Oriente, se proveía agua y descanso a los viajeros que caminaban largas jornadas. El padre de familia ofrecía refrigerio, y el siervo —o el hijo menor— lavaba los pies de los invitados como un acto de hospitalidad.

No era solo una costumbre: era una necesidad. Proveía cuidado, alivio y salud. Y a través de distintos pasajes, Dios nos revela la intención espiritual detrás de este acto.

Por eso Pedro resistió cuando Jesús quiso lavarle los pies (Jn. 13:8). ¿Cómo podía el Maestro rebajarse a realizar una tarea reservada para un siervo? Pero precisamente para eso vino el Señor: para hacerse Siervo e Hijo, un dechado divino que revela el corazón del Padre.

Y aún más les dijo:
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay” (Juan 14:2).
No los estaba hospedando en cualquier casa, sino en la eterna, en los cielos.

Algunos le pidieron los primeros lugares, pero Jesús les enseñó que en Su Reino el camino es otro: el que quiera ser grande debe hacerse el más pequeño.

Ignorar la trascendencia del acto y convertirlo en un rito es perder su significado. No es solo una cuestión cultural, el evangelio de Juan nos habla por medio de signos: la conversión del agua en vino, la multiplicación de los panes y la sanidad del ciego. De la misma manera, el lavamiento de pies no es un ritual que deba repetirse, sino un signo que revela el reino de los cielos.

Entonces surge la pregunta: ¿Y nosotros?, ¿Cómo reflejamos Su voluntad?

La Escritura nos muestra el camino:
“El amor sea sin fingimiento; aborreciendo lo malo, llegándoos a lo bueno; amándoos los unos a los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra los unos a los otros.”
(Ro. 12:9–10)

¿Cómo podemos adquirir el conocimiento divino según las demandas actuales?

En estos tiempos difíciles, marcados por la modernidad, las ideologías y tantas dudas existenciales, el creyente intenta equilibrar los desafíos contemporáneos con la Palabra de Dios.

¿Cómo Job pudo formular razonamientos tan profundos sin haber ley?
La respuesta es sencilla y, a la vez, maravillosa: en el temor de Dios está la sabiduría.

Porque en la persona, según su condición, lo que está en sus ojos y en sus manos, está el ser y el hacer.

“He aquí que el temor del Señor es la sabiduría,
y el apartarse del mal es la inteligencia.”

(Job 28:28)

Cuando Dios nos habla en nuestro idioma

Es enriquecedor buscar palabras en griego o hebreo para profundizar en las Escrituras y ampliar nuestra comprensión; sin embargo, la didáctica del evangelio siempre nos conduce a la sencillez con la que Dios ha querido hablarnos en nuestro propio idioma. El lenguaje, creado por Dios, tiene la función de comunicar tanto ideas humanas como celestiales: es vehículo de su gracia.

Pero entonces surge una pregunta: ¿es realmente necesario acudir al hebreo o al arameo para entender el propósito de Dios? Hoy es una práctica común, y puede ser útil, pero si se hace desde un corazón contencioso, termina manifestando aquel mismo espíritu que el apóstol Pablo enfrentó: el intento de judaizar a la Iglesia universal (Ga. 2:14).

El lenguaje no queda fuera de la obra redentora; a través de él Dios comunica su voluntad. Primero lo hizo con Israel en hebreo, pero cuando Israel no quiso escuchar, Dios anunció que les hablaría “en lengua de tartamudos” (Is. 28:11). Y en Pentecostés sucedió justamente esto: a los judíos allí reunidos no se les habló en hebreo, sino en los idiomas de su nacimiento (Hch. 2:6–8). Por eso las lenguas son una señal de que Israel ha sido endurecido (1 Cor. 14:21–22).

Podemos explorar los idiomas antiguos —arameo, hebreo y griego—; a mí también me gusta hacerlo. Pero el evangelio nos muestra que el Espíritu Santo quiere hablarnos en nuestro idioma, porque Él es el autor del lenguaje y de su diversidad, pues lo ocurrido en Babel sigue teniendo efecto hasta hoy (Gn. 11:7–9). Gracias a Dios por traernos su Palabra en nuestra lengua. Tengamos cuidado, no sea que también nosotros caigamos en incredulidad como ellos.

La cena del Señor en la revelación de Pablo

En la iglesia de Corinto se habían introducido prácticas extrañas, como comer pan y beber vino en el culto. Pablo corrige esto mostrando que nuestra Pascua es Cristo (1 Co 5:7, Rom. 14:17), y que aquellos ritos pertenecían a la ley. Así como Israel cayó en la adoración del becerro de oro, en semejante forma de idolatría estaban ellos cayendo (Éx 32, 1 Cor. 10:7).

Pablo explica lo acontecido en la última cena como si hubiera estado presente, dando detalles que ninguno de los apóstoles registró. Esto no es misticismo, sino revelación. Él mismo afirma que su evangelio no lo recibió de hombre alguno, sino directamente de Jesucristo (Gá 1:11–12). Pablo fue llevado en Espíritu al día en que el Señor partió el pan con sus discípulos.

Esto pudiera causar admiración; Sin embargo, el apóstol aclara más adelante que, aun si a Cristo conocimos “según la carne”, ahora ya no le conocemos (2 Cor 5:16), mostrando la plenitud de la revelación recibida. Pablo no detalla cómo fue arrebatado ni cuándo ocurrió, si en Arabia o en otro momento.

Aun así, Pablo no se gloría en estas revelaciones, sino en sus flaquezas. Su experiencia fue tan real como la vida misma, de tal modo que no sabe si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo (2 Co 12:2–4).

Los discípulos estuvieron con Jesús en carne, pero Pablo fue llevado al tercer cielo; y si a Moisés se le mostraron eventos pasados y futuros, cuánto más a Pablo, cuyo ministerio es de más excelente gloria. Sin embargo, advierte: “que nadie piense de mí más de lo que está escrito” (1 Co 4:6).

Solo Pablo trae delante de nosotros las palabras que Jesús pronunció en la cena pascual, tan vivas como cuando el Señor las dijo por primera vez:

“Porque todas las veces que comiereis este pan, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga.” (1 Co 11:26)

Esto da a entender que, con cada trozo que los discípulos comían, la muerte de Jesús se acercaba hasta cumplirse ese mismo día. Pablo advierte que no debemos materializar la cena (1 Cor. 2:14); convertirla en un rito sería una transgresión (1 Cor. 10:20, 11:20), pues se trató de un acontecimiento único, así como único fue su sacrificio. Si fue un acto histórico, profético e irrepetible, ¿por qué habríamos de repetirlo como una práctica ritual?

¿El nuevo pacto es para nosotros?

El profeta Jeremías anunció a futuro un nuevo pacto con la casa de Israel (Jer. 31:31). En aquel tiempo, el pueblo había caído en transgresión. Dios les recuerda que el pacto del Sinaí fue como un desposorio, una relación matrimonial entre Jehová y el pueblo. Por eso, cuando Cristo vino en carne, Juan el bautista, habló gozándose de ver al Esposo (Jn. 3:29).

El anuncio del nuevo pacto era, pues, una esperanza para Israel: no todo estaba perdido. Aún quedaba un remanente que no había caído en idolatría. El cumplimiento de ese nuevo pacto se da en la muerte de Cristo, en la cruz. Ahí, simbólicamente, muere el Esposo, quedando Israel libre de la ley del marido, es decir, libre de la ley dada por Moisés, tal como Pablo lo explica (Ro. 7:1–4).

Y es precisamente en ese acto donde también los gentiles somos añadidos. Aunque sabemos que Dios no puede morir, porque es eterno, el Marido tomó un cuerpo de carne para realizar la redención. El nuevo pacto anunciado por Jeremías es, en realidad, la promesa hecha a Abraham: “en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3; Gál. 3:16).

No porque los gentiles hubiésemos estado en el antiguo pacto —pues nunca lo estuvimos—, sino porque ese pacto mismo impedía tener herencia con Dios. Por esa razón Pablo, apóstol a los gentiles, escribe que fue hecho ministro de un nuevo pacto (2 Co 3:6), para que también en nosotros fueran escritas las leyes de Dios en nuestros corazones. Ahora, por Cristo, somos hemos hechos partícipes de las mismas promesas (Ef. 3:6).

Cuando el velo se rasgó

Cuando Jesús estaba en la cruz y entregó el espíritu, la tierra tembló y el velo del templo se rasgó en dos (Mateo 27:50–51).
Aquello que antes permanecía oculto quedó expuesto. El lugar santísimo —al que solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año y únicamente por sangre— quedó abierto para todos.

Con este hecho, el Espíritu Santo dio testimonio de que el propósito eterno había sido cumplido.
Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, sino en el cielo mismo, para presentarse así mismo, a Dios por nosotros (Hebreos 9:11–12).

Este acontecimiento revela la magnitud de la gracia de Dios y el cumplimiento de todo lo anunciado por los apóstoles y profetas.
En la cruz, los ritos y ordenanzas de la ley hallaron su pleno cumplimiento y fin:
el sábado, el diezmo, la circuncisión, la cena, y muchas otras prácticas que señalaban hacia Cristo, quedaron consumadas en Su cuerpo crucificado.

Invitado a meditar en las Escrituras y a andar conforme al evangelio revelado a Pablo; Cristo ha resucitado, Él vive.

De regreso a este espacio

En el 2013 publiqué por primera vez en este lugar, sin imaginar que años después volvería a él con el mismo sentir: compartir la Palabra de Dios tal como la he comprendido y vivido, el evangelio de Cristo.

No busco hacerme escuchar, sino que la Palabra misma sea la que hable y edifique.

Desde hoy, este será un espacio sencillo donde reflexionaremos juntos sobre la fe, la gracia y la vida en Cristo. Que cada lectura sea una oportunidad para acercarnos más a Él.