En la antigüedad, en el Medio Oriente, se proveía agua y descanso a los viajeros que caminaban largas jornadas. El padre de familia ofrecía refrigerio, y el siervo —o el hijo menor— lavaba los pies de los invitados como un acto de hospitalidad.
No era solo una costumbre: era una necesidad. Proveía cuidado, alivio y salud. Y a través de distintos pasajes, Dios nos revela la intención espiritual detrás de este acto.
Por eso Pedro resistió cuando Jesús quiso lavarle los pies (Jn. 13:8). ¿Cómo podía el Maestro rebajarse a realizar una tarea reservada para un siervo? Pero precisamente para eso vino el Señor: para hacerse Siervo e Hijo, un dechado divino que revela el corazón del Padre.
Y aún más les dijo:
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay” (Juan 14:2).
No los estaba hospedando en cualquier casa, sino en la eterna, en los cielos.
Algunos le pidieron los primeros lugares, pero Jesús les enseñó que en Su Reino el camino es otro: el que quiera ser grande debe hacerse el más pequeño.
Ignorar la trascendencia del acto y convertirlo en un rito es perder su significado. No es solo una cuestión cultural, el evangelio de Juan nos habla por medio de signos: la conversión del agua en vino, la multiplicación de los panes y la sanidad del ciego. De la misma manera, el lavamiento de pies no es un ritual que deba repetirse, sino un signo que revela el reino de los cielos.
Entonces surge la pregunta: ¿Y nosotros?, ¿Cómo reflejamos Su voluntad?
La Escritura nos muestra el camino:
“El amor sea sin fingimiento; aborreciendo lo malo, llegándoos a lo bueno; amándoos los unos a los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra los unos a los otros.”
(Ro. 12:9–10)
Gracia y Paz en Cristo Jesús