Es enriquecedor buscar palabras en griego o hebreo para profundizar en las Escrituras y ampliar nuestra comprensión; sin embargo, la didáctica del evangelio siempre nos conduce a la sencillez con la que Dios ha querido hablarnos en nuestro propio idioma. El lenguaje, creado por Dios, tiene la función de comunicar tanto ideas humanas como celestiales: es vehículo de su gracia.
Pero entonces surge una pregunta: ¿es realmente necesario acudir al hebreo o al arameo para entender el propósito de Dios? Hoy es una práctica común, y puede ser útil, pero si se hace desde un corazón contencioso, termina manifestando aquel mismo espíritu que el apóstol Pablo enfrentó: el intento de judaizar a la Iglesia universal (Ga. 2:14).
El lenguaje no queda fuera de la obra redentora; a través de él Dios comunica su voluntad. Primero lo hizo con Israel en hebreo, pero cuando Israel no quiso escuchar, Dios anunció que les hablaría “en lengua de tartamudos” (Is. 28:11). Y en Pentecostés sucedió justamente esto: a los judíos allí reunidos no se les habló en hebreo, sino en los idiomas de su nacimiento (Hch. 2:6–8). Por eso las lenguas son una señal de que Israel ha sido endurecido (1 Cor. 14:21–22).
Podemos explorar los idiomas antiguos —arameo, hebreo y griego—; a mí también me gusta hacerlo. Pero el evangelio nos muestra que el Espíritu Santo quiere hablarnos en nuestro idioma, porque Él es el autor del lenguaje y de su diversidad, pues lo ocurrido en Babel sigue teniendo efecto hasta hoy (Gn. 11:7–9). Gracias a Dios por traernos su Palabra en nuestra lengua. Tengamos cuidado, no sea que también nosotros caigamos en incredulidad como ellos.
Gracia y paz en Cristo Jesús.