La cena del Señor en la revelación de Pablo

En la iglesia de Corinto se habían introducido prácticas extrañas, como comer pan y beber vino en el culto. Pablo corrige esto mostrando que nuestra Pascua es Cristo (1 Co 5:7, Rom. 14:17), y que aquellos ritos pertenecían a la ley. Así como Israel cayó en la adoración del becerro de oro, en semejante forma de idolatría estaban ellos cayendo (Éx 32, 1 Cor. 10:7).

Pablo explica lo acontecido en la última cena como si hubiera estado presente, dando detalles que ninguno de los apóstoles registró. Esto no es misticismo, sino revelación. Él mismo afirma que su evangelio no lo recibió de hombre alguno, sino directamente de Jesucristo (Gá 1:11–12). Pablo fue llevado en Espíritu al día en que el Señor partió el pan con sus discípulos.

Esto pudiera causar admiración; Sin embargo, el apóstol aclara más adelante que, aun si a Cristo conocimos “según la carne”, ahora ya no le conocemos (2 Cor 5:16), mostrando la plenitud de la revelación recibida. Pablo no detalla cómo fue arrebatado ni cuándo ocurrió, si en Arabia o en otro momento.

Aun así, Pablo no se gloría en estas revelaciones, sino en sus flaquezas. Su experiencia fue tan real como la vida misma, de tal modo que no sabe si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo (2 Co 12:2–4).

Los discípulos estuvieron con Jesús en carne, pero Pablo fue llevado al tercer cielo; y si a Moisés se le mostraron eventos pasados y futuros, cuánto más a Pablo, cuyo ministerio es de más excelente gloria. Sin embargo, advierte: “que nadie piense de mí más de lo que está escrito” (1 Co 4:6).

Solo Pablo trae delante de nosotros las palabras que Jesús pronunció en la cena pascual, tan vivas como cuando el Señor las dijo por primera vez:

“Porque todas las veces que comiereis este pan, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga.” (1 Co 11:26)

Esto da a entender que, con cada trozo que los discípulos comían, la muerte de Jesús se acercaba hasta cumplirse ese mismo día. Pablo advierte que no debemos materializar la cena (1 Cor. 2:14); convertirla en un rito sería una transgresión (1 Cor. 10:20, 11:20), pues se trató de un acontecimiento único, así como único fue su sacrificio. Si fue un acto histórico, profético e irrepetible, ¿por qué habríamos de repetirlo como una práctica ritual?

Gracia y paz en Cristo Jesús.

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