¿El nuevo pacto es para nosotros?

El profeta Jeremías anunció a futuro un nuevo pacto con la casa de Israel (Jer. 31:31). En aquel tiempo, el pueblo había caído en transgresión. Dios les recuerda que el pacto del Sinaí fue como un desposorio, una relación matrimonial entre Jehová y el pueblo. Por eso, cuando Cristo vino en carne, Juan el bautista, habló gozándose de ver al Esposo (Jn. 3:29).

El anuncio del nuevo pacto era, pues, una esperanza para Israel: no todo estaba perdido. Aún quedaba un remanente que no había caído en idolatría. El cumplimiento de ese nuevo pacto se da en la muerte de Cristo, en la cruz. Ahí, simbólicamente, muere el Esposo, quedando Israel libre de la ley del marido, es decir, libre de la ley dada por Moisés, tal como Pablo lo explica (Ro. 7:1–4).

Y es precisamente en ese acto donde también los gentiles somos añadidos. Aunque sabemos que Dios no puede morir, porque es eterno, el Marido tomó un cuerpo de carne para realizar la redención. El nuevo pacto anunciado por Jeremías es, en realidad, la promesa hecha a Abraham: “en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3; Gál. 3:16).

No porque los gentiles hubiésemos estado en el antiguo pacto —pues nunca lo estuvimos—, sino porque ese pacto mismo impedía tener herencia con Dios. Por esa razón Pablo, apóstol a los gentiles, escribe que fue hecho ministro de un nuevo pacto (2 Co 3:6), para que también en nosotros fueran escritas las leyes de Dios en nuestros corazones. Ahora, por Cristo, somos hemos hechos partícipes de las mismas promesas (Ef. 3:6).

Gracia y paz en Cristo Jesús.

Deja un comentario