Cuando Jesús estaba en la cruz y entregó el espíritu, la tierra tembló y el velo del templo se rasgó en dos (Mateo 27:50–51).
Aquello que antes permanecía oculto quedó expuesto. El lugar santísimo —al que solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año y únicamente por sangre— quedó abierto para todos.
Con este hecho, el Espíritu Santo dio testimonio de que el propósito eterno había sido cumplido.
Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, sino en el cielo mismo, para presentarse así mismo, a Dios por nosotros (Hebreos 9:11–12).
Este acontecimiento revela la magnitud de la gracia de Dios y el cumplimiento de todo lo anunciado por los apóstoles y profetas.
En la cruz, los ritos y ordenanzas de la ley hallaron su pleno cumplimiento y fin:
el sábado, el diezmo, la circuncisión, la cena, y muchas otras prácticas que señalaban hacia Cristo, quedaron consumadas en Su cuerpo crucificado.
Invitado a meditar en las Escrituras y a andar conforme al evangelio revelado a Pablo; Cristo ha resucitado, Él vive.
Gracia y paz en Cristo Jesús.